Poquito a poco, adaptándonos a lo que nuestro entorno nos ha pedido. Sentimos que debemos hacernos mejores personas, que nuestros defectos nos alejan de aquellos que nos quieren.
Pero ¿es eso cierto?
Pero ¿es eso cierto?
Cada error es una manchita pequeña en la cara de porcelana de nuestro corazón. Lloramos porque no dejamos de ser niños expuestos al dolor. Todo nos afecta.
Creíamos que era cuestión de crecer, por eso de que la adolescencia saca las pasiones a flor de piel. Pero no nos habían avisado de esto: para ser adulto necesitas vestir de traje y corbata. Para ser adulto necesitas cubrir tus cicatrices, que nadie sepa por lo que has pasado; que solo con intuirlo se estremezcan; que todos te respeten por lo que imaginan, pero que nadie te conozca de verdad.
Y por eso ahora nos cuesta tanto hacer amigos, porque tú te expones a los ojos de los demás, y no todo el mundo está preparado para ver la desnudez. Quizás a ti no te parezca antinatural mostrarte, pero los demás sienten tu pudor y el suyo, y eso asusta que no veas.
Y mientras tú, ahí, sintiendo el amor de esa manera de locos. El tuyo, que ya de por sí mismo es suficientemente intenso, y el suyo, sin que nadie te lo haya concedido. Menos mal que aún puedes recurrir a eso.
La imaginación recrea mundos de hipersensibilidad, llenos de socavones de sueños truncados.
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